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El optimismo de los campeones
 
Son las 5 de la tarde de un sábado cualquiera del mes de febrero. En Barcelona hace un tiempo maravilloso para la práctica del fútbol y el terreno de juego se encuentra en una zona alta, desde la que se puede divisar la ciudad que se prolonga hasta llegar al azul del mar. La ilusión de los jugadores es indescriptible. Hay máxima expectación entre el público que abarrota el terreno de juego y los niños están nerviosísimos. Va a dar comienzo uno de los partidos más atractivos de la temporada.

El estadio está formado por un pedazo de asfalto del parking del Hospital de enfermos del Cottolengo. Las gradas son las escaleras del edificio y las porterías gratamente improvisadas marcan los límites del campo. Los jugadores son una mezcla de enfermos y niños que han decidido dedicar esta tarde a hacerlos felices. En las porterías, perfectamente equipados con guantes y casco, están dos veteranos del hospital que con sus sillas de ruedas prácticamente tapan todos los arcos. Sus sonrisas y el brillo de sus ojos lo dicen todo.

Empieza el partido. Uno de los enfermos recibe la pelota y la conduce con bastante habilidad entre los niños que, disimuladamente, permiten que éste les supere hasta acercarse lo suficiente a la portería. El atacante prepara su pierna de golpeo y lanza un cañonazo que se cuela por toda la escuadra. El portero no tiene nada que hacer y la pelota entra como una exhalación.

La reacción de todo su equipo es ir a abrazarlo festejando el gol. El enfermo levanta las manos emocionado por las felicitaciones de sus nuevos compañeros y lo celebra con una sonrisa de oreja a oreja que enternece y emociona a todos los presentes. La imagen de todos los niños abrazándole es para guardarla para siempre en el corazón.

El partido continúa y los guardametas muestran una gran habilidad parando casi todo lo que les disparan, ayudados por dos padres que empujan de un lado a otro sus sillas para cubrir posibles huecos. Cada parada es un nuevo abrazo lleno de cariño por parte de los chicos, que se lo están pasando en grande.
 


Tras muchas risas y emociones, el encuentro se da por terminado con una tanda de penaltis que cierra la inolvidable tarde de fútbol en el Cottolengo. Los niños no se quieren ir y los enfermos preguntan si volverán el sábado que viene. Se nota que lo han disfrutado y el regreso a casa de los chicos se hace duro. Cuando una persona da, siempre recibe más. Venían a ayudar y están a punto de irse agradecidos por haber descubierto un lugar tan maravilloso como éste.

Uno de los jugadores comenta que se lo ha pasado "muy bien" y que no se esperaba esto. Unas palabras sorprendentes, porque vienen de un jugador complicado, que normalmente tiene un mal comportamiento tanto en los partidos como fuera del campo. Sin embargo, durante la visita al Cottolengo se le ha visto diferente, como afectado por todo lo que ha estado viendo.

"Nos quejamos tantas veces por pequeñas tonterías y no nos damos cuenta de que muy cerca de nosotros hay personas que no tienen posibilidad de moverse correctamente, que tienen  enfermedades incurables y que sin embargo son tan felices", comenta un padre que acompaña a los chicos.

Todos estamos un poco enfermos

Nadie de los que han estado allí volverá indiferente. Incluso los que habían venido con desganas y pensaban que podía ser una pérdida de tiempo regresarán felices por haber tenido la oportunidad de conocer un mundo tan diferente del suyo, pero tan lleno de vida. Han llegado cargados de paquetes con ropa, juguetes y donativos. Los enfermos les han devuelto mucho más a cambio. Algo difícil de describir, pero que transformará sus vidas.  

Antes de irse, los chicos pasan a visitar el hospital y una joven monjita sonriente les muestra un vídeo en el que diferentes personas explican su visión del Cottolengo. El primero en hablar es un enfermo profundo que es incapaz de dominar sus brazos. Apenas se le entiende hablando. Sus palabras ponen la piel de gallina cuando demuestra cómo utiliza el ordenador y trata de explicar que uno es feliz cuando acepta su situación en lugar de desesperarse por sus incapacidades.

En el fondo está diciendo que todos estamos un poco enfermos y que hemos de saber aceptar nuestras limitaciones en lugar de quejarnos constantemente. En la vida surgen muchas dificultades y muchas desgracias que nos pueden bloquear, pero lo importante es seguir luchando como si no existieran.
 

"Trabajar mucho más"

En el fútbol nos pasa lo mismo frente a los problemas y los reveses que pueden surgir durante una carrera deportiva: una derrota dolorosa, una lesión grave, un descarte inesperado, una crítica del entrenador... ¿Cómo controlar correctamente estas situaciones? El enfermo del Cottolengo tiene la respuesta: "Hay que seguir luchando y aceptar nuestra situación en lugar de lanzar la toalla".

Al terminar la visita, uno pregunta a la monjita algo que le ha llamado la atención al ver los trabajos manuales que realizaban los enfermos: "¿Cómo es posible que hagan cosas tan bien hechas estando tan mal?". La religiosa, sonriente y con toda la naturalidad del mundo, responde: "Sí, es verdad que tienen muchas dificultades, pero simplemente le dedican a estos trabajos mucho más tiempo, hasta que lo consiguen".

Otra lección aplicable tanto a la vida como al mundo del deporte. ¿Cómo nos enfrentamos a las dificultades que encontramos en el camino del fútbol? ¿Nos cansamos rápidamente de hacerlo bien o ponemos esfuerzo hasta el final? ¿Nos asustamos ante los obstáculos que van apareciendo o luchamos para superarlos? Para ser buen futbolista -y una buena persona- hay que tener mucha paciencia. Se necesita mucho tiempo, mucho entrenamiento y pocos desánimos. Hay que ser positivos y aceptar nuestras circunstancias sin quejarnos. Hace falta tener el optimismo de los campeones.