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Las líneas rojas de la competición
 
A veces van de la mano. Otras, están reñidas. Formación y competición son dos caras de la misma moneda y en el fútbol base están condenadas a entenderse. ¿En qué medida? Cada club tiene su propia receta. Cada entrenador busca matices distintos. Pero en categorías inferiores todo el mundo parece estar de acuerdo: la formación tiene que prevalecer por encima de la competición. De esta jerarquía dependen la salvaguardia de los valores deportivos y la evolución técnico-táctica del propio fútbol.

En el FC Barcelona tienen las ideas "muy claras" y consideran fundamental priorizar la formación. "Ahora bien, el fútbol sin competición no sería lógico", asegura Jordi Roura Solà, director de la cantera azulgrana: "Para un club como el nuestro sería absurdo obviar esta dimensión. Pero nuestra idea es formar compitiendo. La mejor manera de relacionar estos conceptos es intentar que se complementen. Compitiendo también se aprende. Lo que no se puede hacer es intentar ganar a cualquier precio".

Según Roura hay que tener muy claros los límites de lo que se puede y no se puede hacer en el terreno de juego: "En el Barça tenemos marcadas unas líneas rojas que no podemos cruzar. Son comportamientos que igual otros clubes admiten, como que los jugadores se quiten las botas para perder tiempo durante un partido. O que protesten airadamente contra el árbitro. Esto nosotros no lo vamos a hacer, no lo permitimos, porque nos interesa que el fútbol sea fluido y que se juegue el mayor número de minutos posible. Tampoco permitimos que los padres de nuestros jugadores lancen improperios contra el equipo contrario. Tanto es así que desgraciadamente alguna vez hemos tenido que dejar fuera a un niño a causa del comportamiento de sus familiares".

Pero la competición mal entendida no sólo es una amenaza para los valores del fútbol. El resultadismo cortoplacista también puede ser un obstáculo para el desarrollo estrictamente deportivo de un club. "Siempre hay que pensar a largo plazo y no en ganar cómo sea el próximo partido", explica Carlos Merino Torrecilla, entrenador del Cadete A del Getafe CF: "Por ejemplo, si la filosofía de mi club es alinear un 4-3-3 con juego combinativo y presión alta, no podemos cambiar ese modelo cuando competimos contra equipos de primer nivel como pueden ser el Real Madrid CF o el Atlético de Madrid. Ante una situación de este tipo un equipo profesional se podría plantear un cambio de sistema de juego, echándose atrás, resguardándose un poco. No hacerlo puede ser un suicidio, pero es lo correcto en un equipo de fútbol base. A veces pierdes puntos en el camino, pero es algo que tienes que aceptar en aras de la formación".

Merino pone otros ejemplos sobre la mesa. "Que la formación tenga que prevalecer sobre la competición quiere decir que a veces no tengan que jugar los mejores jugadores. ¿Por qué? Porque creemos que para ellos, de cara a su futuro, es importante que sepan adaptarse a estar en el banquillo". Lo mismo pasa cuando un buen jugador ha estado enfermo toda la semana. "Podríamos alinearlo el domingo, pero no lo vamos a hacer porque existe una norma que prohíbe utilizar a chicos que no se han podido entrenar. Preferimos jugar con otro niño, aunque seamos menos competitivos. Para nosotros es importante transmitir el mensaje de que sea quién seas, si no puedes entrenar durante la semana no juegas el domingo. Sólo así podemos fomentar la formación y la progresión individual de nuestros jugadores. No importa si a corto plazo esto puede significar una derrota".

El problema surge cuando los clubes no respaldan la labor formativa de los entrenadores. "A veces hay muchas prisas y se pretende obtener resultados inmediatos", señala Carlos Rivero, director técnico de la Academia de Alto Rendimiento Marcet: "En muchos equipos, si hoy no ganas, mañana ya no tienes tu puesto de trabajo. Esto no sólo perjudica a los entrenadores, sino también a los jugadores en su etapa formativa". En la temporada 2015-16 Rivero tomó la decisión de dejar de participar en ligas federadas durante un año. "En ese momento para la mayoría de nuestros alumnos ese tipo de competición era contraproducente. Antes teníamos que formar una cultura de trabajo. Necesitábamos que nuestros cadetes entendieran que lo más importante es aprender". No todos lo entendieron enseguida, pero un año después los resultados saltan a la vista y muchos de esos jugadores que dejaron las competiciones oficiales durante un año han sido fichados por equipos de primera línea tras experimentar una evolución notable.

"Esa decisión también tuvo que ver con el perfil de nuestros alumnos", explica Rivero. "En Marcet trabajamos con muchos jugadores de talento, de características ofensivas. Para ellos ciertas categorías de competición no son las más indicadas para poder progresar en sus puntos de fuerza. Por eso buscamos otro tipo de rivales, más acordes con los objetivos de nuestro proyecto. No se trataba de renunciar a jugar partidos, ni mucho menos. La competición siempre es importante, pero nunca tiene que condicionar la formación del jugador".

No sólo eso. "A veces el hecho de querer competir hace que a la hora de captar jugadores prevalezca un determinado prototipo de jugador", asegura Roura. El responsable de la cantera del Barça, segundo entrenador de Tito Vilanova en la temporada 2012-13, explica que muchos clubes desestiman a jugadores pequeños o físicamente no muy fuertes. "Nosotros intentamos que esto no ocurra. Obviamente lo mejor es que un jugador sea muy bueno y encima sea grande y fuerte. Pero la competición no tiene que condicionar nuestra captación. Si un jugador tiene talento, nos da exactamente lo mismo que sea pequeño o grande. Vamos a competir con ese jugador, porque nuestro principal objetivo es la formación. Lo que buscamos es talento a largo plazo, no una victoria inmediata".

Sin embargo, en algunas posiciones, sobre todo en la portería, las medidas antropológicas son fundamentales. En este caso, priorizar la formación significa apostar por los jugadores que tienen más proyección por sus características físicas. Lo explica Merino: "Pongamos que tengo a dos porteros de 15 años en mi equipo. Uno mide 190 cm y es bueno; el otro mide 175 cm y técnicamente es aún mejor, pero sabemos  que no va a crecer más. ¿Por qué portero tenemos que apostar? Por el de 190 cm, aunque sea peor, porque sabemos que el otro más pronto o más tarde se quedará en el camino por una cuestión de estatura. Ahora mismo seríamos más competitivos alineando el portero de 1,75, pero hay que pensar a largo plazo".

Precisamente la distinción entre largo y corto plazo parece ser la clave para entender la relación entre competición y formación en el fútbol base. Por un lado el resultadismo, la recompensa inmediata. Por el otro, un modelo educativo y una visión de futuro. Competición y formación están conceptualmente separadas, pero en el fútbol base hallan un terreno propicio para su encuentro. Siempre que se utilice la competición como una herramienta formativa. Nunca al revés.